El
siglo XVI va a ser decisivo para la ciudad de Madrid, especialmente a partir
de 1561, año en que Felipe II decide convertir a la Villa del Manzanares
en sede de la Corte de la monarquía hispana, hecho que condicionará
su fisonomía, su sociedad, su urbanismo, y en definitiva su historia.
Ya desde principios de la centuria se observa un progresivo florecimiento
de nuevos establecimientos –sobre todo conventuales y hospitalarios-
que acompañan al crecimiento de la ciudad y que se situarán
en los espacios limítrofes del arrabal y en exterior de la ciudad.
En este sentido, destaca el establecimiento extra muros de los conventos de
San Jerónimo el Real y Nuestra Señora de Atocha.
En cuanto al primero,
aunque había sido fundado por Enrique IV en 1464 junto al camino de
El Pardo, va a ser en 1503 cuando bajo licencia de los Reyes Católicos
se va a trasladar a Madrid, situándose en lo alto del Prado Viejo.
Respecto al de Nuestra Señora de Atocha, de religiosos dominicos, fue
fundado en 1523 por Fray García de Loaysa (inquisidor general) y Fray
Juan Hurtado de Mendoza (confesor de Carlos V) en virtud de un breve de Adrián
VI, situándose sobre una antigua ermita en donde -ya desde tiempo inmemorial-
se daba culto a la Virgen de Atocha.